La vida parece más vida cuando golpea el alma en forma inesperada. Sin apuro, sin buscar demasiado, cuando la quietud inunda, cuando sobrevive sólo un ligero alerta en la mirada, el oído y la piel. La Feria de Artesanos iluminada estaba allí.
De la mano del artista, que extrae de su propio cuerpo los secretos de lo sublime, me llega la obra más bella. Tan bella como el corazón de su autor, no puede ser de otra manera.
Hoy ha ocurrido lo que es irrepetible. Fue un jueves diferente. La música silenció todos los ruidos. Se hizo oir, se hizo emoción, se enlazó a imágenes que fueron realidades. Nunca es nueva la emoción. Sólo el artista puede robar el hoy para llevarlo a lo ya vivido. El artista es el Señor del Tiempo.
Fue un jueves diferente. Un banjo abrazado a su dueño, solitario y soñador, abriendo puertas sonoras hacia mi escondido ArcoIris, mi inaugural SuiGeneris y los rostros del amor.
Aladas manos sobre una guitarra, un melancólico violín y un piano armonizaban sonidos que volvieron a unir lo disperso. Infiltraron mi cuerpo de un pasado perdido, de reminiscencias a PinkFloyd, a colores y aromas de calles parisinas, a un antiguo blues y a un más lejano rag.
También fue un jueves en tiempo de tango, de instantes porteños al estilo del lánguido SanTelmo. Tuvo ese no se qué -¿sabe ud.?- que me trajo su voz y el ceño fruncido de su rostro austero. Su paso milonguero en el momento justo. El bandoneón que abre el fuelle insaciable y el compás que guarda el secreto de tantas emociones.
Y por fin, en ese jueves diferente, la joven titiritera, creando con su sólo movimiento, la vida en su escuálido personaje y su valija. El deseo de la artista, envuelto en música de organito, crea el alma. Es como Dios, hace su obra a imagen y semejanza. Sólo basta que haya una mirada, un oído y un corazón que lo reciba y el milagro se produce. Las palabras y las lágrimas vendrán después.
sábado, 2 de febrero de 2013
domingo, 20 de enero de 2013
poema sin nombre
oye ese latir
búscame allí que estoy
en el sitio del encuentro
otra vez, una vez más
siempre en el mismo lugar
sin morir, sin vivir
aquellos instantes
que quedaron quietos
cuando ocurrieron
donde no fueron
donde quedaron
desafiando el tiempo
en el único lugar
sin vencimiento
donde eres tal como eras
donde me ves
ilusoriamente
incorruptible
en ese lugar eterno
dentro de mí
y de ti
inmortal
si
lunes, 14 de enero de 2013
La búsqueda vana
Buscamos lo perfecto, pero apenas encontramos su sombra. Como en la Caverna. Tal vez Platón tenía razón, de ahí la angustia. Si hay vida hay angustia, sino es otra cosa.
El arte es imperfecto, es como la vida. Lo que está hecho a pulso, late como el cuerpo. Sino es estático, inerte, le falta el tiempo. Si quieres vida, pues, que esto te cueste.
La vida es tiempo.
Un Anónimo me dejó este comentario un día: ¨No intentes explicar el porqué de los tiempos de olvido, ni aceitar tu memoria. No vale la pena esa pena. No vivas las quimeras que habitan tu alma...vive los ratos que aparecen sin causa , disfruta el momento . Recorre y atraviesa con intensidad éste, tu tiempo.¨
Y yo le contesté: ¨gracias Anónimo.¨
Debí agregar, ... ¨por lo que no podré hacer¨
El arte es imperfecto, es como la vida. Lo que está hecho a pulso, late como el cuerpo. Sino es estático, inerte, le falta el tiempo. Si quieres vida, pues, que esto te cueste.
La vida es tiempo.
Un Anónimo me dejó este comentario un día: ¨No intentes explicar el porqué de los tiempos de olvido, ni aceitar tu memoria. No vale la pena esa pena. No vivas las quimeras que habitan tu alma...vive los ratos que aparecen sin causa , disfruta el momento . Recorre y atraviesa con intensidad éste, tu tiempo.¨
Y yo le contesté: ¨gracias Anónimo.¨
Debí agregar, ... ¨por lo que no podré hacer¨
martes, 8 de enero de 2013
una mujer solitaria
es quien ve lo que los demás no ven y sigue su camino
es la que sabe que aquel no volverá jamás
si es que alguna vez estuvo
es la que sabe que aquel no volverá jamás
si es que alguna vez estuvo
viernes, 6 de abril de 2012
el saxo

lunes, 10 de octubre de 2011
Zapatos negros de encaje
Hoy su propia ciudad le parecía Buenos Aires. No había ido hacia ella sino que, magestuosa, ella había venido a su encuentro. Se sentó debajo de los tilos. Percibía su perfume y en la sombra de húmedo frescor, las hojas parecían bailotear una melodía familiar. Una sonrisa apareció en su rostro como regalando ternura a los transeúntes, que indiferentes no lo percibían. Pero a ella no le importó porque, el destinatario, estaba allí, con ella, cantándole su canción.
La frase, casi inaudible, volvió a instalarse como un susurro en sus oidos. Casi había olvidado que cuando él la pronunciaba, ella se sentía hermosa. Creyó -quiso creer- que él la volvía a ver como entonces, que una y otra vez la recordaba.
Lentamente comenzó a caminar, cada vez más presurosa. Eran las callecitas del centro, las que ella conocía. Los escaparates eran los mismos. Sabía adónde iba. Allí estaba la tienda de zapatos, los vío al borde de la vidriera, los contempló unos minutos y supo que los llevaría consigo. Eran negros, labrados, de encaje y con tacos muy altos. Los calzó un poco incrédula. Vió sus uñas rojas asomar por la punta. ¿Dónde había estado?. Al erguirse sintió que su columna enderezaba su cuerpo. Nuevamente esa sensación de que lo perdido no se había ido todavía. Aún estaba allí. Vio que, desde el espejo, la mujer la miraba y le decía algo que la sonrojó. Salió del local liviana, casi volando, sabía que había adquirido algo valioso, que, como su amada ciudad, había venido a su encuentro.
Y al volver, lentamente, hacia las callecitas de su barrio, creyó -quiso creer- que allí, en la esquina, debajo de ese farol encendido, estaba él, esperándola para sacarla a bailar ese tango arrabalero, que ya se dejaba escuchar.
Fuente de la imagen: zapatos-tacon.com
La frase, casi inaudible, volvió a instalarse como un susurro en sus oidos. Casi había olvidado que cuando él la pronunciaba, ella se sentía hermosa. Creyó -quiso creer- que él la volvía a ver como entonces, que una y otra vez la recordaba.
Lentamente comenzó a caminar, cada vez más presurosa. Eran las callecitas del centro, las que ella conocía. Los escaparates eran los mismos. Sabía adónde iba. Allí estaba la tienda de zapatos, los vío al borde de la vidriera, los contempló unos minutos y supo que los llevaría consigo. Eran negros, labrados, de encaje y con tacos muy altos. Los calzó un poco incrédula. Vió sus uñas rojas asomar por la punta. ¿Dónde había estado?. Al erguirse sintió que su columna enderezaba su cuerpo. Nuevamente esa sensación de que lo perdido no se había ido todavía. Aún estaba allí. Vio que, desde el espejo, la mujer la miraba y le decía algo que la sonrojó. Salió del local liviana, casi volando, sabía que había adquirido algo valioso, que, como su amada ciudad, había venido a su encuentro.
Y al volver, lentamente, hacia las callecitas de su barrio, creyó -quiso creer- que allí, en la esquina, debajo de ese farol encendido, estaba él, esperándola para sacarla a bailar ese tango arrabalero, que ya se dejaba escuchar.
Fuente de la imagen: zapatos-tacon.com
domingo, 11 de septiembre de 2011
Decisión
Había llegado el momento de decidir. O seguía teorizando sobre la vida o vivía. Debía dejar de cobijarse en la memoria. Abandonar la nostalgia y el ansia de esperar su llegada. Dejar de esperar. Abandonar la tristeza.
Los años habían pasado y el destino siempre la había puesto en el mismo lugar. Una y otra vez sentada en la estación, sola en los atardeceres. Esperando.
Ese día comprendió que nadie debía venir, que nunca hubo nadie que tuviera que venir. Y se preguntó por qué había tardado tanto en darse cuenta. No se lo supo contestar, pero pensó que mientras esperaba había echado unas profundas raíces. Entonces, recordó su infancia y se vió arrancada de cuajo una y otra vez, llevada de estación en estación, sin arraigo y sin lugar.
Los años habían pasado y el destino siempre la había puesto en el mismo lugar. Una y otra vez sentada en la estación, sola en los atardeceres. Esperando.
Ese día comprendió que nadie debía venir, que nunca hubo nadie que tuviera que venir. Y se preguntó por qué había tardado tanto en darse cuenta. No se lo supo contestar, pero pensó que mientras esperaba había echado unas profundas raíces. Entonces, recordó su infancia y se vió arrancada de cuajo una y otra vez, llevada de estación en estación, sin arraigo y sin lugar.
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