Hoy volví a mi pueblo buscando no se qué. Ahora en mi cuarto espero que algún ruido se escuche alrededor. No hay nadie en las calles; humanos y animales se esconden. Nadie osa asomar a semejante sol. El sudor que me empapa, brota y se desliza por mi piel; recorre cada uno de los surcos de mi cuerpo. Imágenes de la novela de Camus, El extranjero, vienen a mi mente. La leí en mi adolescencia. Estaba tan bien escrita que el autor podía hacerme sentir el tedio, la falta de sentido y el calor que embargaba al protagonista. Ese, ahora soy yo. Siento igual.
Entré por el norte, por la calle central. Caían los rayos del sol de lleno sobre el coche. Me ahogaba. Mi boca se abría para aspirar el aire escaso. Si no llegaba pronto moriría -pensé. Al pasar por el centro del pueblo, al costado de la plaza, algo me pareció familiar. Es reminiscencia, dije, sin prestar mucha atención. El viejo cine todavía estaba allí. De pronto se agolparon los recuerdos y sobrevino la nostalgia. Envuelta en ese ánimo terminé de cruzar la calle principal, hasta el fondo. Doblé a la derecha y allí la divisé, solitaria, a la casa. Se veían desde lejos, la higuera y el ciruelo. Imaginé las brevas reventadas. Al llegar busqué abrir la pesada tranquera que me mostraba el sendero. Vi el caminito, la quinta abandonada, la vivienda. La imaginé por dentro, con sus cuatro paredes, entristecidas pero celosas al guardar entre sus muros las vivencias de familia. Vacía. Nadie de los que habían vivido en ella, la habitaba ya. No estaban. Todos habían muerto salvo yo. Ninguna angustia me embargó. Era para mí, sólo un pensamiento.
Recordé cuando un día mi padre me dijo: nadie pasa por la vida sin dejar huella. de todo ser queda un resto. Esos restos estaban allí. Lo que él había hecho con sus manos, su morada, solitaria, cerrada. Lo que sembró. Lo que ideó. Sus pensamientos y los de mi madre, estaban aún, en el lugar elegido para la higuera y el ciruelo, en los ahora surcos tapados de malezas. En las paredes tardíamente revocadas. En las puertas y ventanas mirando al este, por donde el sol del amanecer nos visitaba. En el fondo, los cacharros viejos y oxidados no habían desaparecido, eran eternos. El angosto pasillo entre la medianera del vecino y la pared de la casa por dónde pasábamos para escondernos de los retos. Me producía miedo recorrerlo pero igual lo hacía; le temía a las arañas, único bicho peligroso para mí. Hacia la esquina, la casa de Don Vasco. Más recuerdos sobrevinieron. También ellos murieron, excepto Felicitas, esa amiga casi hermana que escuchaba mis delirios. La chica de la pollera azul con mucho vuelo, para disimular su extremada flacura. La sensación de seguridad que me daba. Siempre estaba. Pero un día la abandoné. Fui yo la que se fue. Y aunque luego volví, ya nunca fue lo mismo. Cortar las cadenas es para siempre. Tanto lo aprendí que a futuro tendí a no romper vínculos hasta que la vida, en su devenir natural, lo hiciera. No se si fue lo mejor, pero así fue. Hoy ya no. No hay nada que me ate. Puedo ir y volver sin esperar a nadie ni a nada. Nada se rompe si no hay nada. Solo estoy yo con mis pensamientos. Tampoco hay sufrimiento. Solo un extraño saber de que al irme solo quedará algún rastro en mi pueblo.
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miércoles, 12 de febrero de 2014
lunes, 13 de enero de 2014
Un día de verano de 2014
Acá estoy, luchando con el calor. Me levanté temprano y dejé todo cerrado para mantener fresquito. Al rato la casa se me empezó a calentar y yo empecé a chorrear agua por el cuello, hasta que me dije voy a abrir la puerta para que corra un poco de aire. Pero cuando lo hago una ráfaga de aire caliente me quemó las pestañas. El gato que estaba tirado en el suelo hacía 3 horas se sobresaltó y salió corriendo hacia mi habitación donde tiene prohibido entrar. La tortuga venía caminando rápido por un caminito del jardín, con el cogote levantado como diciendo: ¨Ay, que no me cierre la puerta porque quiero agua¨. Entonces comprendí que el calor no me afectaba a mi solamente sino también a mis animales, que son en realidad adoptados, pero eso te lo cuento otro día. Habiendo comprendido esto decidí enfocar el ventilador hacia el gato para que se refrescara, pero empezó a estornudar y toser porque tiene asma y parece que el aire de golpe le pegó mal. Mientras tanto la tortuga ya cruzaba casi corriendo por el medio de la cocina hacia el patiecito del fondo, donde hacía más o menos 55 grados de calor, con baldosas. Entonces corro a agarrar la manguera para echarle agua al pobre animal, para que no se le achicharraran las patas y veo que me mira con esos ojitos inexpresivos pero que esta vez parecían decirme ¨gracias¨. De a poco va estirando las patitas para aplastar su panza contra el suelo como simulando estar en un río. Para esto el gato volvió a tirarse en el suelo y allí se quedó, porque seguramente ese es su mejor lugar. Así que aquí estamos esperando que caiga la tarde para asomar la nariz afuera e irme un rato a caminar por la costa. Si pudiera me los llevaría pero creo que no sería una buena idea.
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