Vivimos y morimos en nuestra mente y por nuestra mente. Acá estoy transportada en el tiempo volviendo a esos laberintos, a tus cabellos negros y tu espera en la puerta de entrada, aquella noche de frío intenso. Quisiera que estuvieras aquí. Tu cabeza recostada sobre la mesa mirándome, sin poder sostenerla de tanto amor. La mirada de los otros de marco angustiante a lo que sentíamos. Estaban allí pero desaparecían ante esa ola irrefrenable de algo inenarrable, que se trocaba en la música, la de tu voz, shine on you crazy diamond. No volverá ese tiempo, ni yo seré más, ni tú serás aquel; pero si te viera en la calle un día, mis piernas se aflojarían como cuando te vi aquella tarde doblar la esquina. Dedicaría a ti mi emoción silenciosa y pensaría que te pasa lo mismo. Nada borrará el recuerdo de aquel día de lluvia, cuando empapado viniste a buscarme. Si no fuera por ellos, grabados en los laberintos de mi mente, no viviría hoy, ni mi corazón tendría consuelo. Tu das el color a mi vida, la que fue, y no deja de ser presente en la intimidad de mis noches, cuando vuelves lejano a mi mirada; siempre allí de negro y esperándome.
domingo, 4 de mayo de 2014
miércoles, 12 de febrero de 2014
De regreso
Hoy volví a mi pueblo buscando no se qué. Ahora en mi cuarto espero que algún ruido se escuche alrededor. No hay nadie en las calles; humanos y animales se esconden. Nadie osa asomar a semejante sol. El sudor que me empapa, brota y se desliza por mi piel; recorre cada uno de los surcos de mi cuerpo. Imágenes de la novela de Camus, El extranjero, vienen a mi mente. La leí en mi adolescencia. Estaba tan bien escrita que el autor podía hacerme sentir el tedio, la falta de sentido y el calor que embargaba al protagonista. Ese, ahora soy yo. Siento igual.
Entré por el norte, por la calle central. Caían los rayos del sol de lleno sobre el coche. Me ahogaba. Mi boca se abría para aspirar el aire escaso. Si no llegaba pronto moriría -pensé. Al pasar por el centro del pueblo, al costado de la plaza, algo me pareció familiar. Es reminiscencia, dije, sin prestar mucha atención. El viejo cine todavía estaba allí. De pronto se agolparon los recuerdos y sobrevino la nostalgia. Envuelta en ese ánimo terminé de cruzar la calle principal, hasta el fondo. Doblé a la derecha y allí la divisé, solitaria, a la casa. Se veían desde lejos, la higuera y el ciruelo. Imaginé las brevas reventadas. Al llegar busqué abrir la pesada tranquera que me mostraba el sendero. Vi el caminito, la quinta abandonada, la vivienda. La imaginé por dentro, con sus cuatro paredes, entristecidas pero celosas al guardar entre sus muros las vivencias de familia. Vacía. Nadie de los que habían vivido en ella, la habitaba ya. No estaban. Todos habían muerto salvo yo. Ninguna angustia me embargó. Era para mí, sólo un pensamiento.
Recordé cuando un día mi padre me dijo: nadie pasa por la vida sin dejar huella. de todo ser queda un resto. Esos restos estaban allí. Lo que él había hecho con sus manos, su morada, solitaria, cerrada. Lo que sembró. Lo que ideó. Sus pensamientos y los de mi madre, estaban aún, en el lugar elegido para la higuera y el ciruelo, en los ahora surcos tapados de malezas. En las paredes tardíamente revocadas. En las puertas y ventanas mirando al este, por donde el sol del amanecer nos visitaba. En el fondo, los cacharros viejos y oxidados no habían desaparecido, eran eternos. El angosto pasillo entre la medianera del vecino y la pared de la casa por dónde pasábamos para escondernos de los retos. Me producía miedo recorrerlo pero igual lo hacía; le temía a las arañas, único bicho peligroso para mí. Hacia la esquina, la casa de Don Vasco. Más recuerdos sobrevinieron. También ellos murieron, excepto Felicitas, esa amiga casi hermana que escuchaba mis delirios. La chica de la pollera azul con mucho vuelo, para disimular su extremada flacura. La sensación de seguridad que me daba. Siempre estaba. Pero un día la abandoné. Fui yo la que se fue. Y aunque luego volví, ya nunca fue lo mismo. Cortar las cadenas es para siempre. Tanto lo aprendí que a futuro tendí a no romper vínculos hasta que la vida, en su devenir natural, lo hiciera. No se si fue lo mejor, pero así fue. Hoy ya no. No hay nada que me ate. Puedo ir y volver sin esperar a nadie ni a nada. Nada se rompe si no hay nada. Solo estoy yo con mis pensamientos. Tampoco hay sufrimiento. Solo un extraño saber de que al irme solo quedará algún rastro en mi pueblo.
Entré por el norte, por la calle central. Caían los rayos del sol de lleno sobre el coche. Me ahogaba. Mi boca se abría para aspirar el aire escaso. Si no llegaba pronto moriría -pensé. Al pasar por el centro del pueblo, al costado de la plaza, algo me pareció familiar. Es reminiscencia, dije, sin prestar mucha atención. El viejo cine todavía estaba allí. De pronto se agolparon los recuerdos y sobrevino la nostalgia. Envuelta en ese ánimo terminé de cruzar la calle principal, hasta el fondo. Doblé a la derecha y allí la divisé, solitaria, a la casa. Se veían desde lejos, la higuera y el ciruelo. Imaginé las brevas reventadas. Al llegar busqué abrir la pesada tranquera que me mostraba el sendero. Vi el caminito, la quinta abandonada, la vivienda. La imaginé por dentro, con sus cuatro paredes, entristecidas pero celosas al guardar entre sus muros las vivencias de familia. Vacía. Nadie de los que habían vivido en ella, la habitaba ya. No estaban. Todos habían muerto salvo yo. Ninguna angustia me embargó. Era para mí, sólo un pensamiento.
Recordé cuando un día mi padre me dijo: nadie pasa por la vida sin dejar huella. de todo ser queda un resto. Esos restos estaban allí. Lo que él había hecho con sus manos, su morada, solitaria, cerrada. Lo que sembró. Lo que ideó. Sus pensamientos y los de mi madre, estaban aún, en el lugar elegido para la higuera y el ciruelo, en los ahora surcos tapados de malezas. En las paredes tardíamente revocadas. En las puertas y ventanas mirando al este, por donde el sol del amanecer nos visitaba. En el fondo, los cacharros viejos y oxidados no habían desaparecido, eran eternos. El angosto pasillo entre la medianera del vecino y la pared de la casa por dónde pasábamos para escondernos de los retos. Me producía miedo recorrerlo pero igual lo hacía; le temía a las arañas, único bicho peligroso para mí. Hacia la esquina, la casa de Don Vasco. Más recuerdos sobrevinieron. También ellos murieron, excepto Felicitas, esa amiga casi hermana que escuchaba mis delirios. La chica de la pollera azul con mucho vuelo, para disimular su extremada flacura. La sensación de seguridad que me daba. Siempre estaba. Pero un día la abandoné. Fui yo la que se fue. Y aunque luego volví, ya nunca fue lo mismo. Cortar las cadenas es para siempre. Tanto lo aprendí que a futuro tendí a no romper vínculos hasta que la vida, en su devenir natural, lo hiciera. No se si fue lo mejor, pero así fue. Hoy ya no. No hay nada que me ate. Puedo ir y volver sin esperar a nadie ni a nada. Nada se rompe si no hay nada. Solo estoy yo con mis pensamientos. Tampoco hay sufrimiento. Solo un extraño saber de que al irme solo quedará algún rastro en mi pueblo.
lunes, 13 de enero de 2014
Un día de verano de 2014
Acá estoy, luchando con el calor. Me levanté temprano y dejé todo cerrado para mantener fresquito. Al rato la casa se me empezó a calentar y yo empecé a chorrear agua por el cuello, hasta que me dije voy a abrir la puerta para que corra un poco de aire. Pero cuando lo hago una ráfaga de aire caliente me quemó las pestañas. El gato que estaba tirado en el suelo hacía 3 horas se sobresaltó y salió corriendo hacia mi habitación donde tiene prohibido entrar. La tortuga venía caminando rápido por un caminito del jardín, con el cogote levantado como diciendo: ¨Ay, que no me cierre la puerta porque quiero agua¨. Entonces comprendí que el calor no me afectaba a mi solamente sino también a mis animales, que son en realidad adoptados, pero eso te lo cuento otro día. Habiendo comprendido esto decidí enfocar el ventilador hacia el gato para que se refrescara, pero empezó a estornudar y toser porque tiene asma y parece que el aire de golpe le pegó mal. Mientras tanto la tortuga ya cruzaba casi corriendo por el medio de la cocina hacia el patiecito del fondo, donde hacía más o menos 55 grados de calor, con baldosas. Entonces corro a agarrar la manguera para echarle agua al pobre animal, para que no se le achicharraran las patas y veo que me mira con esos ojitos inexpresivos pero que esta vez parecían decirme ¨gracias¨. De a poco va estirando las patitas para aplastar su panza contra el suelo como simulando estar en un río. Para esto el gato volvió a tirarse en el suelo y allí se quedó, porque seguramente ese es su mejor lugar. Así que aquí estamos esperando que caiga la tarde para asomar la nariz afuera e irme un rato a caminar por la costa. Si pudiera me los llevaría pero creo que no sería una buena idea.
miércoles, 8 de enero de 2014
El río
Ayer fui temprano a caminar por la playa. En dirección a Punta Mogotes. No había nadie, solo algún lejano trasnochado durmiendo. Ya había caminado unos cien metros por los bordes del mar, adonde llegan las olitas, esas que no vuelven sino que se absorben en la arena, cuando veo un río, de agua de mar, en su desembocadura. Sí, un río. ¿Y este río que hace acá?, me pregunté. Decido seguirlo. Me meto en el cauce y sigo caminando por él, ¿a ver a dónde me lleva?. No se veía el nacimiento. La corriente iba hacia el mar y yo iba en contra, cuando no. Tiene su encanto. Caminé bastante, el agua me llegaba arriba de los tobillos, de pronto la corriente se hace más suave hasta que no circula más, solo la mueve el viento, como en las lagunas. Sigo, hasta que por allí veo que estoy llegando al otro extremo y que el rio se hace como un hilo. Luego se diluye en la arena. El mar ha llegado hasta aquí en la madrugada, me dije, y el agua buscó la salida al mar rodeando la isla de arena que se le interponía. Es lindo caminar por un río, pensé. Me dió lástima que se terminara. Seguí caminando hasta que decidí retornar. Voy a volver por el mismo lado, dije. Cuando me encuentro otra vez con el río me interno en él nuevamente, pero al rato algo me causa sorpresa. Estaba pasando por un tramo donde el agua me llegaba a la mitad de la pantorrilla. No fue así cuando iba. ¿Cómo puede ser?. No sé, tal vez una ola muy grande volvió a llegar hasta este lugar, pensé dudosa. No era el mismo río. Lo era y no lo era. Me acordé de Heráclito que decía: ¨no nos podemos bañar dos veces en el mismo río¨, nada más literal en este caso. Como en la vida. No es lo mismo ir, que volver. Ni uno es igual, ni el camino es el mismo. Finalmente llegué a la correntada del comienzo y salí de él. Había sido lindo recorrerlo. Después me fuí. Estaba contenta porque me habían quedado los pies muy limpitos y relucían mis uñas rojas.
Fuente: mi facebook
domingo, 29 de diciembre de 2013
sábado, 7 de diciembre de 2013
Hablar de nada
Hablar para decir algo de nada, parece una tarea imposible, pero eso no la hace desechable. Es como estar en una habitación cerrada, no obscura, cerrada, y tener la convicción de que en algún lado está la salida. Es una nada acotada, un descanso forzado en el camino, un no saber de donde se viene ni hacia dónde se va. Es un incómodo sinsentido. Pero es una nada que viene de la mano de un saber: de que un día las palabras se enlazarán con las cosas. Que entonces el mundo revivirá y volverá a ser reinventado infinitamente. Es una nada que no sabe si volverá a ser un mundo de amores o de dolores o sólo será otro mundo, diferente, sorprendente. Sólo sabe que será, cuando las palabras se hayan cansado de no encontrar la emoción. Cuando se olviden de no sentir. De no ser. Si las palabras no sienten no son palabras, son apenas esa nada que desborda.
jueves, 17 de octubre de 2013
Devaneos de un desvelo
Esa inquietud, siempre esa inquietud.
La que no se aquieta.
No es hoy, siempre fue la inquietud.
Ni es la forma ni el contenido, ni la potencia ni el acto, es otra cosa.
Es un modo.
Es un algo que excede.
No es una cosa ni la otra, es algo más.
Es lo que desborda y a la vez, lo que el alma aprecia.
El alma, así, sin adjetivos, el alma del que la tiene.
Del que no la ha perdido.
Del que sabe que es el álito de la sobrevivencia en este mundo,
sólo uno de los posibles.
Del que mira una imagen y la ve recortada en una tela.
Del que escucha a los pájaros y los traduce a melodía.
Del que ve una piedra y descubre su contorno.
Los que sobreviven son los que encuentran el camino de los cielos.
En los confines de sus mentes.
Los que pueden viajar a ignotos lugares sin salir de su morada.
Todo ello y algo más es la vida humana.
No un transcurrir sino un significar, un interpretar, un inventar.
Es un creer, una ilusión, una mentira vital.
El engaño es lo esencial de la vida.
Y cuando cae el engaño viene el dolor.
El que escribe se sabe inventor de engaños.
Fabulador del mundo y de la vida,
sólo una de las posibles.
La que no se aquieta.
No es hoy, siempre fue la inquietud.
Ni es la forma ni el contenido, ni la potencia ni el acto, es otra cosa.
Es un modo.
Es un algo que excede.
No es una cosa ni la otra, es algo más.
Es lo que desborda y a la vez, lo que el alma aprecia.
El alma, así, sin adjetivos, el alma del que la tiene.
Del que no la ha perdido.
Del que sabe que es el álito de la sobrevivencia en este mundo,
sólo uno de los posibles.
Del que mira una imagen y la ve recortada en una tela.
Del que escucha a los pájaros y los traduce a melodía.
Del que ve una piedra y descubre su contorno.
Los que sobreviven son los que encuentran el camino de los cielos.
En los confines de sus mentes.
Los que pueden viajar a ignotos lugares sin salir de su morada.
Todo ello y algo más es la vida humana.
No un transcurrir sino un significar, un interpretar, un inventar.
Es un creer, una ilusión, una mentira vital.
El engaño es lo esencial de la vida.
Y cuando cae el engaño viene el dolor.
El que escribe se sabe inventor de engaños.
Fabulador del mundo y de la vida,
sólo una de las posibles.
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