Si no es locura no es amor.
Todo desencaja suavemente
y asoman cosas del pasado
con sonido a guitarra, a bandoneón
un melancólico cantor
un olor a café
Y esas ganas de abrazarte ...
Cómo decirte ...
Así es lo imposible del amor
Ingenuidad la de querer retenerlo.
Gracias que hoy te reencuentro
en los intersticios de mi mente
sin saber siquiera
si aún persisto o si vivo allí
en ese espacio de belleza envolvente
ni si aún estás ahí.
domingo, 8 de marzo de 2015
No dejaré de intentarlo
¿Cómo escribe un escritor?
Mi escritora interna que nunca fue, ve que todos los ojos miran. Mira
los ojos que miran. Es un punto extremo; las pasiones quedan en
suspenso; lo que sigue es la muerte. Hay que hacer algo.
Los minutos pasan...
Lo vivido está en la memoria; mi historia es una de todas las posibles, lo que vale es que a alguien le interese que yo se la cuente. Pero no soy poeta. El poeta sabría enlazar esas imágenes y las deslizaría hacia tus oídos o haría que las leyeras en eco. ¿Eres alguien inexistente?
Esta historia comienza con aquel sonido lejano, de ciudad viva, de algo misterioso que llama mi atención, de anónimo ajetreo, de sitio turbio, de lugar inevitable. Inútil es resistirse -pienso- indefectiblemente hacia allí debo ir. No lo deseo, lo se. Quiero que se detenga el tiempo, quedarme allí, en esa habitación tórrida, semi oscura, cerrada. Es la conciencia la que está asomando a mi mente. Conciencia de una realidad que sospecho, que no conozco, que me espanta, a la que voy a ser arrojada sin remedio. Me veo sola, caminando adelante, sin saber adonde, sin miedo. Me hicieron creer que podía, que había algo que se llamaba vida, que había que vivirla. Yo no entendía, pero sabía que no podía no crecer, que ninguna resistencia lo impediría.
lunes, 26 de mayo de 2014
Carlos Gardel - Volvió una noche
Había en su rostro tanta ansiedad
que tuve pena de recordarle
su felonía y su crueldad
Me dijo humilde: "si me perdonas
el tiempo viejo otra vez vendrá
la primavera de nuestras vidas
verás que todo nos sonreirá"
Mentira mentira, yo quize decirle
las horas que pasan ya no vuelven más
Y así mi cariño va al tuyo enlazado
es sólo un fastasma del viejo pasado
que ya no se puede resucitar
Callé mi amargura y tuve piedad
sus ojos azules muy grandes se abrieron
mi pena inaudita pronto comprendieron
y con una mueca de mujer vencida
me dijo 'es la vida', y no la ví más
Volvió esa noche, nunca la olvido
con la mirada triste y sin luz
y tuve miedo de aquel espectro
que fue locura en mi juventud
Se fue en silencio, sin un reproche
busqué un espejo y me quise mirar
había en mi frente tantos inviernos
que también ella tuvo piedad.
domingo, 18 de mayo de 2014
Conjeturas de Borges
Por José Pablo Feinmann |
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El “Poema conjetural” –pieza clave en la obra borgeana– se publica en La Nación el 4 de julio de 1943; coherente con esas simetrías de la realidad que Borges amaba, la fecha refleja –con la diferencia de un mes– la del golpe militar fascistoide, antibritánico y antioligárquico. “Utilizando el recurso del poeta inglés Robert Browning en sus Dramatis Personae (1864), Borges imagina el monólogo de su ancestro Francisco Narciso de Laprida en el momento en que iba a ser degollado por sus perseguidores” (Borges, una biografía, Horacio Salas). Escribe Borges: “Yo, que estudié las leyes y los cánones, yo, Francisco Narciso de Laprida, cuya voz declaró la independencia de estas crueles provincias, derrotado, de sangre y de sudor manchado el rostro, sin esperanza ni temor, perdido, huyo hacia el Sur por arrabales últimos”. El Sur es, en Borges, el espacio de la barbarie. Ahí encuentra su destino secretamente anhelado en las noches de fiebre, Juan Dahlmann. Hacia el Sur, también, huye Borges en la trama paranoica de “El amor y el espanto”. Son huidas hacia el centro del sentido. Hacia “la letra que faltaba, la perfecta forma que supo Dios desde el principio”. Laprida, como Dahlmann, como Borges, completa su figura dialéctica en el Sur. (Utilizo el lenguaje de la Fenomenología del Espíritu, que Borges desconocía por completo, como tantas otras filosofías que ignoró.) Pero en este civilizado que huye de los bárbaros para encontrarlos está la densidad conceptual del poema. “Yo que anhelé ser otro, ser un hombre de sentencias, de libros, de dictámenes, a cielo abierto yaceré entre ciénagas; pero me endiosa el pecho inexplicable un júbilo secreto. Al fin me encuentro con mi destino sudamericano.” Más allá de Sarmiento, el “Poema conjetural” plantea la experiencia de la verdad, de la síntesis, como una mixtura dionisíaca (el pecho se endiosa con un júbilo secreto). Es el júbilo de la verdadera identidad, de la plenitud del ser alcanzada por medio de la integración enriquecedora, compleja, de los contrarios. Laprida sabe que en el país que habita sólo habrá de ser un culto cuando lo penetre la barbarie, “el íntimo cuchillo”. Ser es ser una contradicción viva, una totalidad ardiente, problemática, conjetural, no definitiva sino abierta. Sartre diría: “una totalidad destotalizada”. El cuchillo de la barbarie completa el rostro del doctor en leyes. “Ya el primer golpe, ya el duro hierro que me raja el pecho, el íntimo cuchillo en la garganta.” Ya civilizado, ya bárbaro, para siempre las dos cosas: eso es ser argentino. Nadie podrá serlo sin llevar en su alma el aliento peligroso de las crueles provincias.
Borges, en el “Poema conjetural”, va más allá de sí mismo. Su propia interpretación del poema es pobre. Suele afirmar que lo escribió cuando ya sentía sobre él la amenaza del peronismo. Pero si el peronismo era (como lo era para Borges) la barbarie, el heredero de las montoneras de Aldao, entonces Borges debió secretamente recibirlo con júbilo, con el secreto júbilo con que Laprida recibe el cuchillo del final, el íntimo cuchillo, ya que esa daga le permite cerrar su rostro incompleto, encontrarse con su destino sudamericano. Esto, claro, estaba muy lejos de las simplezas políticas de Borges. Como poeta, como el gran literato que era, se acercaba a estas complejidades de la historia; pero como hombre político no iba más allá de sus condicionamientos de clase, de sus mezquindades de niño cultivado, de antifederal obstinado, de gorila montevideano, espacio en el que engendra “La fiesta del Monstruo” que es, por su linealidad, por su textualidad frontal y propagandística, la antítesis del “Poema conjetural”.
Fuente: Página12
domingo, 11 de mayo de 2014
Sin aquel ayer hoy no sería
No mirar atrás. No recordar cómo era el amor. No olvidar que no hay restitución de lo que fue.
Es eso lo mejor para no sentir tanta tristeza. Pedir al Todopoderoso que guíe mi letra para conectar con esa esencia confusa y melancólica. Para escribir palabras esquivas buscando aquel lugar; un punto de contacto. Ese que no deja de alejarse. Pedir un testigo, que vea, que sienta, que suene en consonancia.
Y sino, buscar la última salida. La de creer que él está allí todavía, donde lo pienso. Que busca también el contacto, que no puede olvidar. Que vive con un dejo similar de tristeza. Deseando volver al mismo lugar, el de la partida, aún sabiendo que no hay regreso; ni lugar
Es eso lo mejor para no sentir tanta tristeza. Pedir al Todopoderoso que guíe mi letra para conectar con esa esencia confusa y melancólica. Para escribir palabras esquivas buscando aquel lugar; un punto de contacto. Ese que no deja de alejarse. Pedir un testigo, que vea, que sienta, que suene en consonancia.
Y sino, buscar la última salida. La de creer que él está allí todavía, donde lo pienso. Que busca también el contacto, que no puede olvidar. Que vive con un dejo similar de tristeza. Deseando volver al mismo lugar, el de la partida, aún sabiendo que no hay regreso; ni lugar
domingo, 4 de mayo de 2014
Tú, eterno
Vivimos y morimos en nuestra mente y por nuestra mente. Acá estoy transportada en el tiempo volviendo a esos laberintos, a tus cabellos negros y tu espera en la puerta de entrada, aquella noche de frío intenso. Quisiera que estuvieras aquí. Tu cabeza recostada sobre la mesa mirándome, sin poder sostenerla de tanto amor. La mirada de los otros de marco angustiante a lo que sentíamos. Estaban allí pero desaparecían ante esa ola irrefrenable de algo inenarrable, que se trocaba en la música, la de tu voz, shine on you crazy diamond. No volverá ese tiempo, ni yo seré más, ni tú serás aquel; pero si te viera en la calle un día, mis piernas se aflojarían como cuando te vi aquella tarde doblar la esquina. Dedicaría a ti mi emoción silenciosa y pensaría que te pasa lo mismo. Nada borrará el recuerdo de aquel día de lluvia, cuando empapado viniste a buscarme. Si no fuera por ellos, grabados en los laberintos de mi mente, no viviría hoy, ni mi corazón tendría consuelo. Tu das el color a mi vida, la que fue, y no deja de ser presente en la intimidad de mis noches, cuando vuelves lejano a mi mirada; siempre allí de negro y esperándome.
miércoles, 12 de febrero de 2014
De regreso
Hoy volví a mi pueblo buscando no se qué. Ahora en mi cuarto espero que algún ruido se escuche alrededor. No hay nadie en las calles; humanos y animales se esconden. Nadie osa asomar a semejante sol. El sudor que me empapa, brota y se desliza por mi piel; recorre cada uno de los surcos de mi cuerpo. Imágenes de la novela de Camus, El extranjero, vienen a mi mente. La leí en mi adolescencia. Estaba tan bien escrita que el autor podía hacerme sentir el tedio, la falta de sentido y el calor que embargaba al protagonista. Ese, ahora soy yo. Siento igual.
Entré por el norte, por la calle central. Caían los rayos del sol de lleno sobre el coche. Me ahogaba. Mi boca se abría para aspirar el aire escaso. Si no llegaba pronto moriría -pensé. Al pasar por el centro del pueblo, al costado de la plaza, algo me pareció familiar. Es reminiscencia, dije, sin prestar mucha atención. El viejo cine todavía estaba allí. De pronto se agolparon los recuerdos y sobrevino la nostalgia. Envuelta en ese ánimo terminé de cruzar la calle principal, hasta el fondo. Doblé a la derecha y allí la divisé, solitaria, a la casa. Se veían desde lejos, la higuera y el ciruelo. Imaginé las brevas reventadas. Al llegar busqué abrir la pesada tranquera que me mostraba el sendero. Vi el caminito, la quinta abandonada, la vivienda. La imaginé por dentro, con sus cuatro paredes, entristecidas pero celosas al guardar entre sus muros las vivencias de familia. Vacía. Nadie de los que habían vivido en ella, la habitaba ya. No estaban. Todos habían muerto salvo yo. Ninguna angustia me embargó. Era para mí, sólo un pensamiento.
Recordé cuando un día mi padre me dijo: nadie pasa por la vida sin dejar huella. de todo ser queda un resto. Esos restos estaban allí. Lo que él había hecho con sus manos, su morada, solitaria, cerrada. Lo que sembró. Lo que ideó. Sus pensamientos y los de mi madre, estaban aún, en el lugar elegido para la higuera y el ciruelo, en los ahora surcos tapados de malezas. En las paredes tardíamente revocadas. En las puertas y ventanas mirando al este, por donde el sol del amanecer nos visitaba. En el fondo, los cacharros viejos y oxidados no habían desaparecido, eran eternos. El angosto pasillo entre la medianera del vecino y la pared de la casa por dónde pasábamos para escondernos de los retos. Me producía miedo recorrerlo pero igual lo hacía; le temía a las arañas, único bicho peligroso para mí. Hacia la esquina, la casa de Don Vasco. Más recuerdos sobrevinieron. También ellos murieron, excepto Felicitas, esa amiga casi hermana que escuchaba mis delirios. La chica de la pollera azul con mucho vuelo, para disimular su extremada flacura. La sensación de seguridad que me daba. Siempre estaba. Pero un día la abandoné. Fui yo la que se fue. Y aunque luego volví, ya nunca fue lo mismo. Cortar las cadenas es para siempre. Tanto lo aprendí que a futuro tendí a no romper vínculos hasta que la vida, en su devenir natural, lo hiciera. No se si fue lo mejor, pero así fue. Hoy ya no. No hay nada que me ate. Puedo ir y volver sin esperar a nadie ni a nada. Nada se rompe si no hay nada. Solo estoy yo con mis pensamientos. Tampoco hay sufrimiento. Solo un extraño saber de que al irme solo quedará algún rastro en mi pueblo.
Entré por el norte, por la calle central. Caían los rayos del sol de lleno sobre el coche. Me ahogaba. Mi boca se abría para aspirar el aire escaso. Si no llegaba pronto moriría -pensé. Al pasar por el centro del pueblo, al costado de la plaza, algo me pareció familiar. Es reminiscencia, dije, sin prestar mucha atención. El viejo cine todavía estaba allí. De pronto se agolparon los recuerdos y sobrevino la nostalgia. Envuelta en ese ánimo terminé de cruzar la calle principal, hasta el fondo. Doblé a la derecha y allí la divisé, solitaria, a la casa. Se veían desde lejos, la higuera y el ciruelo. Imaginé las brevas reventadas. Al llegar busqué abrir la pesada tranquera que me mostraba el sendero. Vi el caminito, la quinta abandonada, la vivienda. La imaginé por dentro, con sus cuatro paredes, entristecidas pero celosas al guardar entre sus muros las vivencias de familia. Vacía. Nadie de los que habían vivido en ella, la habitaba ya. No estaban. Todos habían muerto salvo yo. Ninguna angustia me embargó. Era para mí, sólo un pensamiento.
Recordé cuando un día mi padre me dijo: nadie pasa por la vida sin dejar huella. de todo ser queda un resto. Esos restos estaban allí. Lo que él había hecho con sus manos, su morada, solitaria, cerrada. Lo que sembró. Lo que ideó. Sus pensamientos y los de mi madre, estaban aún, en el lugar elegido para la higuera y el ciruelo, en los ahora surcos tapados de malezas. En las paredes tardíamente revocadas. En las puertas y ventanas mirando al este, por donde el sol del amanecer nos visitaba. En el fondo, los cacharros viejos y oxidados no habían desaparecido, eran eternos. El angosto pasillo entre la medianera del vecino y la pared de la casa por dónde pasábamos para escondernos de los retos. Me producía miedo recorrerlo pero igual lo hacía; le temía a las arañas, único bicho peligroso para mí. Hacia la esquina, la casa de Don Vasco. Más recuerdos sobrevinieron. También ellos murieron, excepto Felicitas, esa amiga casi hermana que escuchaba mis delirios. La chica de la pollera azul con mucho vuelo, para disimular su extremada flacura. La sensación de seguridad que me daba. Siempre estaba. Pero un día la abandoné. Fui yo la que se fue. Y aunque luego volví, ya nunca fue lo mismo. Cortar las cadenas es para siempre. Tanto lo aprendí que a futuro tendí a no romper vínculos hasta que la vida, en su devenir natural, lo hiciera. No se si fue lo mejor, pero así fue. Hoy ya no. No hay nada que me ate. Puedo ir y volver sin esperar a nadie ni a nada. Nada se rompe si no hay nada. Solo estoy yo con mis pensamientos. Tampoco hay sufrimiento. Solo un extraño saber de que al irme solo quedará algún rastro en mi pueblo.
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